No importa lo que pienses, digas o hagas. Siempre habrá alguien que se sienta amenazado/a por ello y muestre su disgusto. Esta es una de las razones por las que apenas expresamos nuestra —verdadera— opinión: para mantenernos en un terreno neutro.

Insípido, pero seguro.

Bajo esa capa de corrección existen inquietudes, razonamientos, reflexiones y conclusiones que deberían ver la luz del día. Es un error mantenerse en silencio por miedo a ofender a otra persona, por el mero hecho de que hoy en día existen ofendidos profesionales. Abre la boca y alguien, seguro, se ofenderá.

Es triste que estemos cediendo poco a poco nuestra libertad de expresión para proteger a algunas personas de su propia inmadurez.

No solo tienes derecho a opinar, sino que tienes la obligación de expresar, aunque sea por puro egoísmo. La suma de todos esos momentos en los que ibas a decir, pero no lo hiciste, se están acumulando. Forman una sustancia nociva que que cargas contigo allá donde vas.

Es hora de comenzar a disolverla.

La próxima vez que te encuentres en la encrucijada, actúa. No calles esa voz interior que clama justicia. Realiza esa denuncia, haz esa llamada, inicia esa conversación, escribe ese artículo, graba ese vídeo. Si lo haces se pondrá en marcha un mecanismo liberador: el actuar siendo tú mismo/a. Ahora sigue haciéndolo y con el tiempo habrá otras personas que quieran escuchar lo que tienes que decir. Personas que se sienten atraídas por quién eres y lo que piensas.

Por supuesto, habrá a quienes no les guste que abandones el statu quo y expresen sus propias inseguridades en forma de crítica infundada o incluso insulto. Es normal. Incluso es una buena noticia: mejor polarizar que dejar indiferente.

La clave no es evitar las críticas (no se puede) sino saber cómo reaccionar ante ellas. Sobre todo a las críticas viscerales y furibundas, carentes de cualquier argumento. Lo que hoy llamamos troll.

En una ocasión leí un consejo de James Clear sobre este asunto y lo aplico desde entonces. Es muy sencillo, lo único que tienes que hacer para disipar la mayoría de estas críticas, es darle en bandeja a la persona (a quien critica) cuanto antes lo que realmente quiere: tu ego.

No importa si la crítica se centra en tus supuestas horribles dotes como escritor/a, en tu forma de hablar o en cualquier otro aspecto. Una vez recibas la crítica, respira hondo y responde algo parecido a esto:

Tienes razón. Me queda mucho por aprender. Gracias.

Quizás pienses que responder así es someterse. No lo es porque tú sabes distanciarte y no llevártelo al terreno personal (dije que era una técnica útil, no fácil), porque intuyes la poca auto-estima de quien se expresa en esos términos. Para ti es como lanzarle un bistec a un perro. Para él/ella es un triunfo. El orgullo se ha restituido. La razón ha sido restaurada. Puede volver triunfante a su cueva con una sonrisa en la cara.

Observando tu propio orgullo puedes aprender mucho sobre ti mismo/a (de ahí que les des las gracias). Aquello que aprendas también lo puedes utilizar para tratar con mayor tolerancia a otras personas. No somos tan diferentes los unos de los otros.

Tú también criticas.

Así que no te engañes más, deja de esconderte pensando que así escaparás del punto de mira. No es así. Serás juzgado/a por haber hecho algo o serás ignorado/a por no haber hecho nada.

Irrelevancia o crítica: esas son tus únicas opciones.

Sé valiente y empieza a mostrar todo eso que te hace irrepetible. Aprende en directo. Itera en público.

No escondas tus imperfecciones físicas o mentales. Quizás no lo sean tanto. Quizás hasta son un don. Se trata de aquello que te hace único/a y, precisamente por ello, el mundo necesita conocer.


A continuación el capítulo de Maestría al que pertenece la transcripción que has leído: