Cuando la vida da uno de esos giros dramáticos que nadie espera, pone todo patas arriba y deja al descubierto quienes somos en realidad. No es posible permanecer indiferente cuando la tragedia te mira a los ojos. Ya no está ocurriendo al otro lado del mundo, ni en el país vecino, ni siquiera en otra ciudad. Está ocurriendo en tu propia casa.

Frente a la dificultad, la verdadera naturaleza de las personas queda expuesta a plena luz del día. Por una parte, y de manera improvisada, surgen héroes y heroínas, dispuestos a poner su vida en juego por el bienestar común. En otros casos, la conducta antisocial de unos cuantos queda retratada al instante. De repente, sentimos vergüenza ajena. Es un acto reflejo. No lo puedes evitar.

Tras el disgusto visceral llegan las preguntas. ¿Cómo alguien puede hacer algo así?, ¿es que no se dan cuenta?, ¿en qué están pensando?. Preguntas que no tienen fácil respuesta. No directamente.

Tenemos asumido que por habitar el siglo XXI somos ciudadanos modernos, que por ello hemos superado viejas costumbres medievales que no tienen sitio en nuestra sociedad del bienestar. ¿Seguro?. Basta otra vuelta de tuerca del destino para que nuestras vergüenzas como individuos, como sociedad e incluso como especie queden al descubierto.

¿Por qué algunas personas actúan como actúan?. ¿Por qué algunos se empeñan en ser una camisa de fuerza para el resto?. No creo que se trate de egoísmo. No en todos los casos, al menos. Una postura egoísta tiene algo de intención, de diseño al fin y al cabo. Requiere una mínima consciencia.

¿Es maldad entonces?. Tampoco. Una vez más ser malo requiere ser, tener una identidad propia y el deseo de hacer el mal.

Creo que la explicación es mucho más sencilla.

Hoy en día existen individuos que sólo se dejan llevar por instintos primarios, de un impulso a otro buscando satisfacer sus propios deseos personales. No les puedes pedir que piensen en los demás porque apenas son conscientes de ellos mismos. Tener conciencia de los demás requiere tener conciencia propia. Es decir, no pueden ofrecer lo que no tienen.

Sabes bien de quién te estoy hablando.

Esas personas que se enrocan en sus ridículos dogmas y pequeños prejuicios. Esas personas que se niegan a formar parte de algo más grande que ellos mismos y ponen la zancadilla a quien lo intenta. Esas personas que ponen en riesgo la vida de los demás con tal de no cambiar su rutina ni dar su brazo a torcer. Esas personas no son ni egoístas ni malas ni buenas… ni nada. Son, sencillamente, no conscientes.

En circunstancias normales no podrás reconocerlos. No tienen ningún rasgo físico distintivo. Se reproducen y mueren como el resto de nosotros. En este frenético estilo de vida pasan desapercibidos. Se camuflan entre el torrente de información que inunda nuestra atención.

Los reconocerás de inmediato —eso sí— cuando la rutina salte por los aires. Cuando salimos de nuestro ensimismamiento y prestamos atención, ahí están. Siempre han estado ahí. Son los otros.

¿Qué hacer entonces?, ¿cuál es nuestro papel en todo esto?. Desde luego no necesitas ser espiritual ni creer en conceptos como Dioses o conciencia cósmica. Como miembros de la misma especie existe una dependencia mutua. Tus acciones, por muy lejanas que parezcan, tienen un impacto en mi vida y en la de todos los demás.

Somos la suma de todas las individualidades. Si queremos sobrevivir y superar los momentos de verdadera adversidad —como el actual— es vital que antepongamos el interés común al particular. De lo contrario pronto no quedará nada de lo que disfrutar.

Así que no sigas buscando la respuesta a la pregunta ¿por qué?. No la hay. Ellos y ellas actúan en piloto automático. Viven por la sencilla razón de que hoy en día, con todos nuestros adelantos, procesos, sistemas y herramientas del bienestar, es más difícil morir que vivir.

¿Eres uno de ellos?. Solo tú lo sabes.


A continuación el capítulo de Maestría al que pertenece la transcripción que has leído: